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Publicado el 31 de Julio del 2001

Estudio 8 del Libro de Josué
El carácter de Dios

Josué 6:1-27

      La invasión de Canaán por los israelitas y la destrucción total de ciudades como Jericó con toda su población nos plantea el tema de la ira y del juicio de Dios. ¿Cómo reconciliar el retrato de un Dios guerrero, violento e inmisericorde que encontramos en este libro con el de un Dios de amor, compasión y perdón que vemos en el Nuevo Testamento?
     Una manera de salir de esta dificultad es afirmar que el concepto de un Dios iracundo y violento que encontramos en el Antiguo Testamento es primitivo, el producto de tribus primitivas y salvajes que no veían problema alguno en que su Dios tuviera sed de sangre. Sin embargo, paralelo con la evolución de la civilización, se ha ido evolucionando nuestra comprensión de Dios, y el cuadro que nos da el N.T. de un Dios de amor, gracia y perdón es mucho más cerca de la realidad. Lógicamente, entonces, debemos desterrar el concepto erróneo del A.T. acerca de Dios y afirmar que los relatos donde aparece este retrato no tienen nada que aportarnos en el día de hoy.
     El problema con este enfoque es que no se sostiene en base al texto bíblico. Por un lado, la Biblia nos habla, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, de un Dios santo y justo, que no puede pasar por alto el pecado como si no tuviera importancia, sino que juzga y condena al culpable. De hecho, esta verdad es una buena noticia, una parte fundamental del mensaje del evangelio. Sería verdaderamente aterrador vivir en un universo controlado por un Dios que fuese totalmente indiferente al pecado, a la injusticia y a la maldad, y que no se preocupara nunca por juzgar y castigar sus manifestaciones. Cristo en los evangelios tiene frases muy duras sobre las consecuencias de persistir en comportamientos pecaminosos (Mr. 9:42-48), de las cuales hacen eco también los apóstoles (p. ej. 2 Tesalonicenses 1:6-10), de manera que es falso retratar al Dios del Nuevo Testamento como si fuese un abuelito benévolo que nunca condenaría a nadie.
     Por otro lado, el Antiguo Testamento transmite la misma visión de un Dios de misericordia y de compasión que encontramos en el Nuevo. Una de las facetas sobresalientes del carácter del Dios de Israel es su amor fiel y constante hacia su pueblo en el contexto de pacto con ellos (p. ej. Lamentaciones 3:22.23). Exclama el profeta Miqueas, "¿Qué Dios hay como tú, que perdona la iniquidad y pasa por alto la rebeldía del remanente de su heredad? No persistirá en su ira para siempre, porque se complace en la misericordia" (Miqueas 7:18). Es el Dios que provee un camino de salvación del juicio a todos aquellos que quieren acogerse a su oferta de perdón y reconciliación.
En la historia de Jericó (y en la de Rahab la ramera, estrechamente ligada a aquella), vemos tanto la realidad del juicio contra los pecadores e impenitentes como la posibilidad de salvación por medio de la reconciliación con Dios.
     ¿Cómo, pues, debemos entender el juicio tan severo de Dios sobre Jericó? Notemos los siguientes puntos.
     1). Fue un juicio temporal, no espiritual y eterno (cp. Hechos 17:30,3 1 y Hebreos 9:27), donde las Escrituras del Nuevo Testamento hablan de un juicio que tendrá consecuencias eternas.
     2). Fue un juicio saludable, en el sentido de impedir la extensión de una civilización degenerada hasta un punto altamente repugnante. La cultura cananea involucraba el sacrificio de niños recién nacidos a los dioses, quemándolos vivos a los pequeños; la prostitución sagrada, prácticas espiritistas y del ocultismo, etc. Un sociedad que masacra a sus niños de forma deliberada y sistemática invita sobre sí el juicio de Dios.
     3). Fue, por lo tanto, un juicio necesario, la intervención misericordiosa del cirujano divino eliminando un tumor canceroso que amenazaba la salud y la supervivencia de la raza humana.
     4). Fue un juicio demorado, por cuanto Dios les dio al pueblo cananeo un plazo de 400 años para arrepentirse y cambiar de comportamiento, según comunicó en su día a Abrahan (Génesis 15:13-16). El empeño de los cananeos en seguir con un comportamiento degenerado terminó por agotar la paciencia de Dios y obligarle a ejecutar su juicio.
     5). Fue un juicio eludible: la familia de Rahab escapó de la ira de Dios acudiendo a Josué y sometiéndose al Dios de Israel (cap. 2; 6:17,22-23). La misma opción estaba al alcance de todos los habitantes de Jericó, hasta el punto de que Josué, siguiendo las instrucciones de Dios, marchaba alrededor de la ciudad durante seis días, dándoles a los habitantes un plazo generoso para que abriesen las puertas y se rindiesen, evitando así su destrucción. Rechazaron esta oportunidad. Hay lecciones muy importantes para los tiempos actuales en cuanto a nuestra relación con Dios, la realidad de su juicio sobre el pecado y la posibilidad de ser salvos de su ira, entrando por el camino que El ha indicado.

La caída de Jericó

A. La intención evidente del Señor

     Después de alcanzar la primera meta señalada por el Señor (entrar en la herencia, la tierra de Canaan), Israel ha de dirigirse ahora hacia su segunda meta: establecer la ley de Dios en la tierra. No es el deseo de Dios que su pueblo se comporta como los habitantes cananeos (Deuteronomio 18:9-14), sino que tuviera otra conducta basada en las leyes y los mandatos de su Dios, que era por encima de todo un Dios santo (Levítico 11:44,45; 19:1.2).
     El lugar escogido por Dios para establecer sus normas en Canaán mediante la lectura pública de la ley fue el monte Ebal (Deuteronomio 27:1-4). El camino hacia ese lugar pasaba por tres sitios:

     1) Gilgal, el lugar de la conversión (Josué 5);
     2) Jericó, el lugar de la condenación (Josué 6);
     3) Hai, el lugar de la confesión (Josué 7).

     Gilgal marcaba, en el sentido espiritual, el comienzo de una nueva vida, dejando atrás la vieja naturaleza con sus comportamientos característicos. Jericó enseña la necesidad de eliminar toda resistencia a esta nueva vida, destruyéndola por completo. Hai señala la pauta a seguir cuando el pecado impide alcanzar la meta de una vida plenamente sometida a la voluntad de Dios y ajustada a sus mandamientos.

     Cuando Israel comienza su avance desde Gilgal para llevar a cabo su misión de establecer la ley de Dios en la tierra, se encuentran enseguida con un obstáculo que corta el camino y que no es fácil superar: la ciudad fortificada de Jericó. ¿Cómo resolver este problema? Notemos que hay principios espirituales en esta cuestión paralelos con nuestra experiencia cristiana. Cuando comenzamos la nueva vida en Cristo, después de la conversión, tenemos la responsabilidad de establecer la ley de Dios en nuestras vidas. No es la voluntad del Señor que sigamos viviendo como antes de conocerle en una actitud de insumisión y desobediencia. Sin embargo, hay un obstáculo potente que impide la sumisión a y la práctica de la ley de Dios en nosotros: según la definición del Apóstol Pablo, es "la ley del pecado que está en nosotros" (Romanos 7:14-24). Esta "ley de gravedad espiritual" nos hunde constantemente en el pecado. y nos encontramos haciendo lo que no queremos, mientras que el bien que queremos hacer nos es imposible. ¿Cómo resolver este problema? En el caso de Jericó. Dios afirma que la única solución es eliminar totalmente el obstáculo. No puede haber avance mientras Jericó está en pie. Por lo tanto hay que destruirla completamente (6:2,17). No vale ni la diplomacia, ni las alianzas, ni los pactos. Es imperativa la destrucción total de la ciudad. Lugar donde los israelitas van a tener siempre un enemigo potente instalado en su retaguardia.
     En el caso de nuestro avance hacia la santificación, y el obstáculo que supone nuestra metanaturaleza pecaminosa ("la carne"), el mandato de Dios es igual: la carne ha de morir. "Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría, cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia" (Col. 3:5,6). No puede haber tratos, ni pactos, ni componendas con la carne: es incapaz de cambiar. La única solución es la muerte.

B. La Intervención Enérgica del Señor 6:5,16,20).

    Lo que los israelitas eran incapaces de hacer en sus propias fuerzas - derribar los muros y conquistar la ciudad.- Dios lo hizo por ellos. De la misma manera, lo que nosotros somos incapaces de hacer - vencer el enemigo interior, la ley de pecado que está en nuestros miembros.- Dios lo hace a favor nuestro mediante el poder de su Espíritu Santo (Romanos 8:1-4).

C. La Identificación Estrecha del Pueblo de Dios (6:3-21).

     ¿De qué manera ejecutó Dios su juicio contra Jericó? Por su poder soberano, pero involucrando al pueblo de Israel en su destrucción. No era imprescindible que lo hiciera así. En el caso de Sodoma y Gomorra, Dios había destruido las dos ciudades sin intervención humana alguna.      Sin embargo, frente a Jericó, Dios quiere que su pueblo se asocie plenamente con Él en la destrucción de la ciudad.

     ¿Cuál es la razón? Es para que Israel pudiera manifestar sin embargo su acuerdo con el veredicto divino y su identificación con el anatema sobre Jericó, demostrando de esta manera su comprensión de la necesidad de destruir totalmente el obstáculo que le cortaba el camino.

     Desgraciadamente, Israel no se mostró siempre tan tajante. La historia posterior de la nación nos revela una tendencia nefasta a aliarse con los cananeos, adorar sus dioses e imitar su estilo de vida, marginando por completo la ley de Dios. No ejecutaron los juicios de Dios sobre aquella civilización corrompida, y terminaron ellos mismos contaminados con la idolatría e inmoralidad de aquellas tribus (Jueces 1:27-30; 2:11-13). Y esto a pesar de que aquí Dios insiste en que, desde el primer momento de su estancia en Canaán, debían manifestarse plenamente de acuerdo con Él en cuanto al juicio contra los pecadores. ¿Cuán severa es la ira de Dios contra los pecadores no arrepentidos, los que no quieren someterse a su santo gobierno, ni deponer su actitud rebelde y desafiante? (Romanos 1:18). Lo vemos en la destrucción completa de la ciudad de Jericó. Este hecho nos recuerda que el paso inicial en nuestra conversión y la nueva vida en Cristo es reconocer que como pecadores, merecemos la ira de Dios, y que la única manera de quitar el obstáculo del pecado en nuestra vida cristiana y quebrantar su poder es un juicio radical, dando muerte al viejo hombre. "Los que son de Cristo han crucificado la carne, con sus pasiones y deseos" (Gálatas 5:24). La postura cristiana desde el momento de la conversión ha de ser la de crucificar la carne, llevando a cabo un juicio tajante, radical y sin misericordia, que hemos de reafirmar diariamente (Lucas 9:23).

     Dios quiere que nos identifiquemos con su decisión de destruir el hombre viejo, y que diariamente lo persigamos sin piedad. Positivamente, esto involucra ser guiados por, andar en y marchar conforme al espíritu de Dios (Gálatas 5:16.18,25).

D. La Invitación Extendida a los Rebeldes (6:8-14).

     Es digno de notar la manera en que el juicio de Dios sobre Jericó fue efectuado. Durante seis días el pueblo de Israel daba una vuelta diaria alrededor de los muros de la ciudad en solemne procesión, llevando consigo el arca del pacto (símbolo de la presencia del Dios de Israel) y tocando fuertemente las trompetas, de manera que no hubiera nadie en Jericó que no se percatara de lo que estaba pasando. Fue una llamada de atención deliberada a los habitantes de la ciudad, recordándoles que, de la misma manera que Israel había pasado el muro aparentemente infranqueable del Jordán. Así ahora ni nada ni nadie podría detener el arca del Señor de toda la tierra.

     Lo que vemos en esta acción repetida es una invitación a los habitantes de Jericó a deponer su hostilidad y su resistencia, abrir las puertas, salir de la ciudad y rendirse a Josué, deponiendo sus armas y reconociendo su señorío sobre ellos. Dios dio a Jericó seis días de gracia, en los cuales hubo la oportunidad de arrepentirse y acogerse a la oferta de salvación. Algunos de los habitantes de la ciudad ya habían escogido esta alternativa, y Rahab con toda su familia fueron salvados por Josué en el día del juicio de Dios sobre Jericó (vv. 22-25), no por ser mejores que sus conciudadanos, sino por haber sido justificados por la fe (Hebreos 11:3 1). Cuando por fin llegó el día del juicio, los habitantes de Jericó murieron, no por la crueldad de un Dios sádico, sino porque habían escogido deliberadamente quedar bajo su ira en lugar de aceptar la alternativa de salvación por gracia que tan claramente les habla ofrecido.
     La Biblia anuncia un día de juicio, confirmado por la palabra explícita de Dios (Hechos 17:31 Hebreos 9:27). Estamos aún en el día de su gracia, Dios mantiene su oferta de salvación por la fe en Cristo. Seremos muy necios si no nos aprovechamos la oportunidad de confesar nuestros pecados, confiar en el Señor Jesucristo para la salvación, y colocar nuestras vidas bajo su señorío.

Timoteo Glasscock


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